
Nos interesa la leyenda que de este rey nos ha llegado a través de los tiempos. Y nos interesa porque nos transmite el retrato de una identidad sexual singular. Enrique IV de Castilla fue el último rey medieval (1454-1474), precediendo en el trono a Isabel la Católica (su hermana de padre) la cual reinó tras una guerra de sucesión en disputa con su sobrina, la hija de Enrique IV, Doña Juana la Beltraneja. La vida de este monarca estuvo marcada por numerosas intrigas generadas en torno a él por la nobleza y su hermano Alfonso.
Varios fueron los apodos que recibió; "El Liberal", "El Franco", pero sin duda el que ha pasado a la historia ha sido el de "El Impotente". Y es que nos encontramos ante una historia en que la sexualidad de una persona fue utilizada claramente como arma política. No importa que bajo su mandato comenzaran los logros que más tarde se concedieron íntegramente a Isabel la Católica, sus detractores consiguieron que su imagen fuera la de la impotencia, la sexual y la de estado.
Pero ¿por qué impotente?. Sabemos que a los dieciséis años casó con Doña Blanca de Navarra y en la noche de bodas fracasó en el "ayuntamiento" (juntamiento) y esto como era la norma sucedió delante de toda una corte de "notario y testigos" que lo presenciaban para dar fe y testimonio. Claro, nos imaginamos que no es necesario tener una gran disfunción erectil para tener dificultades en una ocasión como ésta. Esto haría que trece años más tarde, cuando casó con Doña Juana de Portugal, el rey derogara la ley de los notarios y reservara la noche de bodas para la intimidad. Por lo demás sí parece que tuvo algo más que una disfunción pasajera con la reina pues se conoce que le enviaron brebajes y remedios sus embajadores italianos, metrópoli de la ciencia erótica, y que incluso mandó a Africa emisarios en busca del cuerno del unicornio, conocido por sus propiedades afrodisiacas. Después de tres años de intentar ejercer de esforzado amante con Blanca de Navarra, dejó de cohabitar con ella y comenzó a llevar una vida que según la describió Fernando el Católico estuvo "consagrada a la liviandad".
Por lo visto, este hombre alto y corpulento, de cabeza leonina y trágica mirada, era afeminado y gustaba de costumbres más en sintonía con cortes italianas o francesas que con la rígida y estricta castellana. Se le criticó duramente su gran afición por los "moros" de los que componía su guardia personal y tenía a gala sentarse y vestirse como ellos, datos que nos muestran a un rey tolerante y abierto. Costumbres que por cierto eran propias de nuestros reinos medievales para los cuales el mundo árabe había sido modelo de cultura más avanzada y culta. Otras crónicas cuentan que tenía amoríos homosexuales con sus favoritos y con mujeres sin nobleza de los pueblos de Segovia, así como amantes; Doña Guiomar y Doña Catalina de Guzmán. Se preciaba de tener cantores y deleitarse interpretando con ellos la cítara. Así consoló a su valido Pacheco cuando este estaba enfermo. Gustaba de compañías humildes, gente montaraz y extraña. Habilitó dos casas en el Pardo y en Balsaín donde se dice que organizaba orgías y que la puerta del bosque estaba guardada por una enano y un etíope terrible y estúpido. Tenía cercados en Segovia "cerca de tres mil ciervos de diferentes edades, gamos, cabras monteses y un toro muy bravo". Cuentan las crónicas que cada vez se aislaba más en los bosques y se mostraba más melancólico, no agradándole los entretenimientos convencionales y las charlas de la corte que solo le provocaban tristeza. Veinte años después de subir al trono, murió no se sabe si envenenado, y falto del calor y el honor que le correspondía al último trastámara varón.
Es probable que Enrique IV fuese homosexual y efectivamente un liberal con cultura renacentista, quizás sencillamente desarrollara su sexualidad homosexual y heterosexual de una forma en que no era la esperada por el convencionalismo de la corte castellana. Lo cierto es que nos parece atractiva y enigmática la figura de este rey que ha pasado a la historia como una leyenda sobre la impotencia.