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La piel cumple dos importantísimas funciones, la de relacionarnos con el mundo exterior y la de protegernos de las agresiones externas. En cuanto a la función de relación, en ella se encuentra uno de los sentidos que tenemos más desarrollados, el tacto.
La piel es la encargada de recibir los estímulos del exterior a través de las terminaciones nerviosas que se sitúan en ella y de ahí se dirigen al cerebelo que nos dice como debemos reaccionar. Cada centímetro cuadrado de piel contiene unos cinco mil receptores sensitivos. La piel es la primera responsable de que sintamos una caricia o de que notemos el calor producido por el fuego o el frío de la nieve. Pero también la piel es el espejo de los sentimientos y emociones interiores. Ponernos rojos porque algo nos da vergüenza, "tener la piel de gallina" o sudar por algo que nos produce miedo, son algunas de las muchas respuestas emocionales que se ponen de manifiesto a través de la piel. Por este motivo, la piel cumple otras funciones sociales. Es necesario que la piel, ofrezca un aspecto sano y cuidado, la piel "respira".
Es un tejido permeable que permite a las células abastecerse de oxígeno, agua y minerales directamente del exterior. A través de los poros, que son minúsculos orificios cutáneos (dos millones por individuo), se elimina la transpiración. Cada día, toxinas y partículas de polvo o bacterias se acumulan en la piel y pueden obstruir los poros. Por lo tanto, es importante limpiar cuidadosamente la piel con productos que no sean ni demasiado agresivos, ni tampoco demasiado suaves. El uso de productos inadecuados puede perturbar el equilibrio de la piel y provocar su envejecimiento prematuro.
La piel posee otras funciones básicas para el correcto funcionamiento de nuestro organismo.
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